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El privilegio de aprender y de enseñar

monica-mendez-profesoraEl proceso de aprendizaje es un camino tan largo como nuestra propia vida. Desde el mismo momento en que nacemos, o incluso antes, empezamos a recibir información de manera continua, como un corriente de agua que no se detiene. Aunque el aprendizaje nunca termina, hay una etapa de nuestra vida en la que es especialmente intenso y en la que, por lo tanto, estamos intensamente capacitados para absorber todo aquello que se presenta ante nosotros. Se trata de la infancia, ese momento en el que sentamos las bases para entender el mundo que nos rodea; en el que configuramos en gran medida lo que seremos el día de mañana. Durante los primeros años de vida, el potencial es enorme, lo cual se muestra, por ejemplo, en la capacidad de un niño para adquirir y dominar algo tan complejo como es el lenguaje antes de su tercer cumpleaños. Y si pueden conseguir esta proeza con su lengua materna, ¿por qué no iban a poder hacer lo mismo con una segunda lengua?

Esto es precisamente lo que se planteó Helen Doron hace más de 25 años. Tras concluir sus estudios sobre lingüística y emprender su carrera como educadora, se dio cuenta de que algo no funcionaba en la forma de enseñar idiomas. El planteamiento debía cambiar pero, ¿cómo? La inspiración se encontró al fin en una clase de música. La hija de Helen Doron había empezado a tomar clases de violín con tan sólo cuatro años, siguiendo la metodología del Dr. Suzuki. Esta consiste en enseñar a los niños a tocar un instrumento sin la necesidad de aprender a leer una partitura, de la misma forma que aprenden a hablar su idioma sin tener que leer o escribir, a través de la escucha y la repetición continuada. Si los niños podían aprender el lenguaje de la música y su propia lengua materna de esta forma, ¿por qué no iban a poder aprender así un idioma extranjero? Helen Doron comenzó entonces sus estudios y se dio cuenta de que eran muchos los expertos, como por ejemplo Glenn Doman, que apoyaban la asombrosa capacidad de los niños para desarrollar diversas habilidades partiendo de una correcta estimulación.

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Apoyada por estos estudios y tras varios años de trabajo, Helen Doron desarrolló finalmente su método, que hoy se imparte con éxito en más de 30 países. Pero, ¿qué lo hace diferente a los demás? Pongamos un ejemplo: jamás se nos ocurriría sentar a un niño pequeño y recitarle una y otra vez las conjugaciones verbales en español, ya que son ellos mismos los que aprenderán a construirlas a través de la propia escucha. En cambio, durante años y aún hoy, parece que la enseñanza del inglés se ha basado en aprender de memoria una lista de verbos irregulares y en saber traducir unas cuantas palabras. La clave del método Helen Doron radica precisamente en este hecho: los niños no aprenden inglés como si fuera algo ajeno que hay que traducir, sino que lo hacen de una forma totalmente natural y fluida, exactamente de la misma forma que aprenden su lengua materna: escuchando palabras, frases, canciones e historias una y otra vez; recibiendo respuestas positivas de sus padres y sobre todo, con grandes dotes de estimulación.

Ya tenemos, por un lado, unos niños extremadamente capacitados para aprender; por otro, una metodología única que se basa en la enseñanza del inglés con el enfoque de la lengua materna. Pero aún nos falta una pieza más para que todo el engranaje gire, la pieza que pone en contacto, de la mejor forma posible, la metodología con los niños: los profesores de Helen Doron, entre los cuales me incluyo.

monica-mendez-clase

Dentro del aula, nos encargamos no sólo de enseñar contenidos lingüísticos a través de rimas, canciones, juegos o cuentos; también interactuamos continuamente con los niños y les ofrecemos los medios para que asocien el proceso de aprendizaje a algo positivo. Esto se traduce en actividades que involucren todos los sentidos: por ejemplo, si los niños aprenden los nombres de los vegetales, no les bastará con verlos en un dibujo, si no que serán capaces de retener mucho mejor la información si además de verlos pueden tocarlos, olerlos o incluso probarlos. Pero, sobre todo, esta asociación positiva se basa en un refuerzo continuo de su autoestima. Si algo he aprendido enseñando en Helen Doron es que nunca, nunca, nunca jamás se puede dudar de la capacidad de un niño, porque si alguna vez lo he hecho en la teoría, esa duda se ha desvanecido totalmente en la práctica de cualquier clase. Sí, un bebé de menos de un año es capaz de distinguir diferentes tipos de pájaros y asociarlos a una palabra en inglés y sí, un niño de cinco o seis años es perfectamente capaz de construir frases en inglés.  Creer en ellos es muy importante, porque eso les permite desarrollarse sin inhibiciones y aumentar su motivación y su autoestima, algo fundamental en muchos aspectos de la vida, no sólo a la hora de aprender un idioma.

En definitiva, el método Helen Doron plantea la enseñanza del inglés como lo que realmente es: un verdadero privilegio, no sólo para los que aprenden, sino también para los que enseñan. Y seguramente, ahí es donde radica la clave de su éxito.

Escrito por Mónica Mendez

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El privilegio de aprender y de enseñar

monica-mendez-profesoraEl proceso de aprendizaje es un camino tan largo como nuestra propia vida. Desde el mismo momento en que nacemos, o incluso antes, empezamos a recibir información de manera continua, como un corriente de agua que no se detiene. Aunque el aprendizaje nunca termina, hay una etapa de nuestra vida en la que es especialmente intenso y en la que, por lo tanto, estamos intensamente capacitados para absorber todo aquello que se presenta ante nosotros. Se trata de la infancia, ese momento en el que sentamos las bases para entender el mundo que nos rodea; en el que configuramos en gran medida lo que seremos el día de mañana. Durante los primeros años de vida, el potencial es enorme, lo cual se muestra, por ejemplo, en la capacidad de un niño para adquirir y dominar algo tan complejo como es el lenguaje antes de su tercer cumpleaños. Y si pueden conseguir esta proeza con su lengua materna, ¿por qué no iban a poder hacer lo mismo con una segunda lengua?

Esto es precisamente lo que se planteó Helen Doron hace más de 25 años. Tras concluir sus estudios sobre lingüística y emprender su carrera como educadora, se dio cuenta de que algo no funcionaba en la forma de enseñar idiomas. El planteamiento debía cambiar pero, ¿cómo? La inspiración se encontró al fin en una clase de música. La hija de Helen Doron había empezado a tomar clases de violín con tan sólo cuatro años, siguiendo la metodología del Dr. Suzuki. Esta consiste en enseñar a los niños a tocar un instrumento sin la necesidad de aprender a leer una partitura, de la misma forma que aprenden a hablar su idioma sin tener que leer o escribir, a través de la escucha y la repetición continuada. Si los niños podían aprender el lenguaje de la música y su propia lengua materna de esta forma, ¿por qué no iban a poder aprender así un idioma extranjero? Helen Doron comenzó entonces sus estudios y se dio cuenta de que eran muchos los expertos, como por ejemplo Glenn Doman, que apoyaban la asombrosa capacidad de los niños para desarrollar diversas habilidades partiendo de una correcta estimulación.

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Apoyada por estos estudios y tras varios años de trabajo, Helen Doron desarrolló finalmente su método, que hoy se imparte con éxito en más de 30 países. Pero, ¿qué lo hace diferente a los demás? Pongamos un ejemplo: jamás se nos ocurriría sentar a un niño pequeño y recitarle una y otra vez las conjugaciones verbales en español, ya que son ellos mismos los que aprenderán a construirlas a través de la propia escucha. En cambio, durante años y aún hoy, parece que la enseñanza del inglés se ha basado en aprender de memoria una lista de verbos irregulares y en saber traducir unas cuantas palabras. La clave del método Helen Doron radica precisamente en este hecho: los niños no aprenden inglés como si fuera algo ajeno que hay que traducir, sino que lo hacen de una forma totalmente natural y fluida, exactamente de la misma forma que aprenden su lengua materna: escuchando palabras, frases, canciones e historias una y otra vez; recibiendo respuestas positivas de sus padres y sobre todo, con grandes dotes de estimulación.

Ya tenemos, por un lado, unos niños extremadamente capacitados para aprender; por otro, una metodología única que se basa en la enseñanza del inglés con el enfoque de la lengua materna. Pero aún nos falta una pieza más para que todo el engranaje gire, la pieza que pone en contacto, de la mejor forma posible, la metodología con los niños: los profesores de Helen Doron, entre los cuales me incluyo.

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Dentro del aula, nos encargamos no sólo de enseñar contenidos lingüísticos a través de rimas, canciones, juegos o cuentos; también interactuamos continuamente con los niños y les ofrecemos los medios para que asocien el proceso de aprendizaje a algo positivo. Esto se traduce en actividades que involucren todos los sentidos: por ejemplo, si los niños aprenden los nombres de los vegetales, no les bastará con verlos en un dibujo, si no que serán capaces de retener mucho mejor la información si además de verlos pueden tocarlos, olerlos o incluso probarlos. Pero, sobre todo, esta asociación positiva se basa en un refuerzo continuo de su autoestima. Si algo he aprendido enseñando en Helen Doron es que nunca, nunca, nunca jamás se puede dudar de la capacidad de un niño, porque si alguna vez lo he hecho en la teoría, esa duda se ha desvanecido totalmente en la práctica de cualquier clase. Sí, un bebé de menos de un año es capaz de distinguir diferentes tipos de pájaros y asociarlos a una palabra en inglés y sí, un niño de cinco o seis años es perfectamente capaz de construir frases en inglés.  Creer en ellos es muy importante, porque eso les permite desarrollarse sin inhibiciones y aumentar su motivación y su autoestima, algo fundamental en muchos aspectos de la vida, no sólo a la hora de aprender un idioma.

En definitiva, el método Helen Doron plantea la enseñanza del inglés como lo que realmente es: un verdadero privilegio, no sólo para los que aprenden, sino también para los que enseñan. Y seguramente, ahí es donde radica la clave de su éxito.

Escrito por Mónica Mendez